Indudablemente la elección de un caballo de silla, cualquiera sea su raza y cualquiera la actividad que pretendamos para él, tiene como punto de partida la búsqueda de condiciones naturales y aptitudes adecuadas para la función requerida. “…que sea buen caballo” solemos decir y escuchar. Eso está bien y lógicamente así debe ser. Pero lo cierto es que la gran mayoría de los caballos que llegan a nuestras manos son “normales”. Rara o ninguna vez nos llega un “crack”, incluso, por razones laborales hasta llegamos a entrenar caballos que apuntan de mediocres para abajo y así y todo terminan realizando lo que le enseñamos.

El criterio del ´caballo bueno-caballo malo´, tomado de forma absoluta e indiscriminada es uno de los graves errores en los que solemos caer. Sus condiciones naturales son todo lo que esperamos. Pretendemos que sean ellos, sobre esa base de lo que traen “de fábrica”, los que nos digan cuál es su máximo. He aquí nuestro problema. Los caballos no hacen ni saben nada si no se les enseña. Son un pizarrón en blanco donde nosotros escribimos. Eso sí, habrá pizarrones mejores y otros regulares pero lo que no puede variar excepto para mejor, es la calidad de lo que escribimos en ellos. Buena letra, pareja y firme.

De acá otra cuestión, y es que solamente así seremos capaces de distinguir a bueno del sobresaliente, porque salvo raras excepciones –que a mí nunca me tocó todavía- es muy difícil ver al sobresaliente hasta que no le damos las herramientas con que demostrarlo. ¿Acaso sobresale un niño en sus aptitudes físicas, deportivas o intelectuales si no se le da una buena educación?

¿Cuántos caballos excepcionales habrán quedado en la nada por no darle una oportunidad a aquel problema que no nos detuvimos a resolver? Muchos, sin duda, y ello nos lleva a otra cuestión crucial, cual es que de esa manera vamos postergando la urgente necesidad de perfeccionar nuestras técnicas de entrenamiento, desde la doma base hasta la máxima exigencia.

Si creemos que la responsabilidad de la performance final del caballo está a cargo de quien entrena y no en las aptitudes que este tiene de nacimiento, entonces muchos caballos que suelen ser descartados, llegarán con éxito a cumplir su tarea; los menos, que son los sobresalientes, potenciarán exponencialmente sus cualidades y si además tenemos la suerte que nos aparezca un “crack”, no se nos lesionará prematuramente y lo llevaremos al más alto nivel, al que por bueno que naturalmente sea, no podrá acceder jamás si no se le cuida y educa de forma sensata y metódica.

Todos los caballos tienen algún inconveniente, alguna dificultad. Alguna cuestión que no pueden superar, alguna imposibilidad de ejecutar una suerte. No se puede seguir entrenando esperando que se corrija solo, por la mera insistencia en lo que no sale y echando, otra vez, sobre las espaldas del caballo la resolución del problema. Además, he aquí una de las cosas más bonitas de la equitación, lo que la lleva al plano del arte: nuestro hacer, nuestra creatividad, nuestra capacidad de mejorar esa materia prima en bruto que es el caballo.

En nuestro país, lo que debería ser una bendición, la abundancia de caballos, lamentablemente se nos vuelve en contra “…este no sirve. Que manden otro”. Fatal. Si no tuviésemos esa oportunidad del descarte fácil, ¡qué fácil sería para los argentinos con nuestras grandes cualidades de jinetes estar en los podios de cualquiera de las disciplinas hípicas del mundo, donde todavía un caballo vale un reino!